mercredi, octobre 18, 2006

Gonzalo Millan

Ayer murió Gonzalo Millán. Es decir, para mí murió ayer, a pesar de que crónicas, postales y dedicatorias panegíricas ya han fijado su desaparición de este mundo el día 14 de octubre. Pero para mí murió ayer, cuando leí la noticia por internet y ahora me acuerdo que aún no he prendido ningún incienso, como no sé por qué se me ocurrio hacerlo a su memoria. Ahora sigo (en el entretanto me paré a buscar un incienso que ya esta quemándose). Digo que no sé por qué se me ocurrió lo del incienso pues no tengo la costumbre de quemar nada por la muerte de nadie. Debe ser influencia de mi amigo nepalés H. que me ragaló estas varitas traídas de su país. Al sacar la primera, salió rota por la mitad. Lo siento. Saqué otra, la que estaba entera, como el recuerdo que tengo de Millan.
Decir qué es lo que hacia él, seria absurdo y caer en el lugar común que me incomoda tanto como creo que lo incomodaba a él. Simplemente era Millán y muchas cosas más, o personas pongámosle.
Lamento su desaparición, pues como ya escribí antes en otro pedazo de pantalla virtual, de los verdaderos quedan pocos. Ahora que abunda la poesía demasiado joven, demasiado brillante y marginal y brillantemente ombliguística y salamera y cautivada de un cierto malditismo que da arcadas, resulta que Millán partió. Su signo ahora ya no es el de alguien vivo y a quien recuerdo con cero compromiso, alejado del temor a cargar con su recuerdo solamente y no verlo más. Su signo ha cambiado, yo estoy vivo. Aquí debería especificar que en vez de « verlo » debería haber escrito « encontrarlo ». A Millán sólo lo conocí a fuerza de encuentros, cada vez sorprendiéndome más por su fuerza viva y generosa con las palabras, por su capacidad de reir con cualquier anécdota o chiste que otros considerarían un único segundo y nada más. A Millán lo conocí en la Quinta (a)Normal, en un taller SOBRE poesía que él dictaba. Gratas mañanas de sabados (o domingos ?, solo sé que incluso con caña nunca dejé de asistir con una amiga escritora del pedagógico) escuchándolo hablar de poemas y poetas, cercados en el primer piso de una casona por una red de hojas y ramas que de vez en cuando se balanceaban como diciendo « sí, gonzalo, sí, gonzalo ». Abajo, ese invernadero en agonía en el que alguna vez floreció por primera vez en Chile una Victoria Regia( el dato lo saco de un libro de R. Merino). Más de una vez nos quedamos, terminado el curso, conversando sobre las posibilidades que las calles cercanas a la Quinta poseían para ser escritas en prosa y verso.
Terminado ese periodo, solo nos encontraríamos en contadas ocasiones y la mayoría de las veces, debo confesarlo, en lugares tan inapropiados para soltar una carcajada, como en la sala de referencias críticas de la Biblioteca Nacional. Lugares para aburrirse un rato. Por ahí tengo una foto que quizá encuentre y añada luego a esta cosa que escribo, en el que sale él en un salón de la misma biblioteca, en un encuentro tan aburrido de poetas y escritores que creo que él me debe haber envidiado el hecho de estar cerca de la puerta y salir. Pero hasta ese entonces, yo no creía que él podría reconocerme. Yo, la mayoría de las veces que lo veía, nunca tuve el valor para acercarme a él. Me quedaba viéndolo, como a un fiero bucanero que despejaba sus ideas, el rumbo a seguir del barco, entre tanto joven poeta intentando aproximarle, venderle o trocarle algunas « genialidades » para sentir su reconocimiento. De donde sacan algunos que un poeta esta siempre a disposición de sus querellas, de sus dudas o de su soledades ? Baste con que el o los libros estén a la mano en sus bibliotecas personales. No confundir las cosas.
El bucanero, su parada, su chaleco, su respirar, bajaba la vista, tragaba saliva y a veces me pregunto qué lo detenía a escupirla. Pero su imagen dejaba en sombras todo lo que se le acercaba, como si lo que por su cabeza pasaba fuera el modo de seguir la direccion de un faro que deslumbraba y dejaba en sombras el puerto.
Sucedió que una noche, en un espectáculo (el término le va de perillas) me encontré con Millán como invitado a leer sus textos. El ambiente que se generaba en aquel galpón en el que nos encontramos sería lo que puede llamarse un fracaso de spandex. En todo caso, gracias a la generosidad de un espíritu hermano que me obsequiaba vasos gratis, no me despegué de su barra y preferí aguantar todo ese ambiente de glamour alternativo en el que se suelen encontrar algunos destacados de la farándula, fingiendo sentirse a gusto de que nadie se acerque a pedirles autógrafos, pero con la angustiante idea de irse sin firmar nada o de no aclarar a nadie que « sí soy yo, pero ya terminamos de filmar y ahora estamos en otra cosa ». Entonces vi acercarse a quien me había iniciado en la lectura de Les Villes Tentaculaires. Sin duda que lo que me pregunté fue « qué chucha va a hacer ? gritar ? romper un vaso ? ». Millán leía y atrás de mí un grupito seguía su juerga vociferando nada y todo a la vez. « Qué chucha haces aquí o ellos son los que no han sido invitados ? ». Millán leía y las voces atrás eran gritos y risas ; algo leía Millán, pero qué…no pude saberlo. Intenté acercarme, pero una chica fotografiaba delante mío y la barra se redujo a un muelle desde el cual veía a Millán guiar su barco tan lejos que no sabía si iba o venía. Pero de pronto vi que su boca se cerró en seco. « Ya paraste ? el hartazgo ante tanta falsa postura, ante tanto idiota ? »…Millán se quedó en el lugar, subió la vista como diciendo « hasta cuando chucha ! » y antes de bajarla otra vez a sus papeles me encontro en la barra con sus ojos, un guiño, una leve sonrisa, torpeza mía al responder levantando el vaso en gesto de brindis pues no me quedaba nada en él. Entonces volvió a sonreir y a leer mas fuerte.

1 commentaire:

Mr.Fozzil a dit…

Que descanse el hombre y salud por su memoria... ¿Dónde se van los poetas que mueren?