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samedi, avril 11, 2020

Histórica Relación



landed, N. Folch




1B

Quién tiene dudas acerca de la necesidad de hablar e ir despellejado,
cada una de las plumas que son la maraña que camufla hechos increíblemente ciertos
que desperraman toda posibilidad de cuerpos sobre y bajo
los cementerios desconocidos y el silencio de deudos que nunca pordrán serlo
en la inconclusa muerte de cada ser que ya pertenece al historial demasiado
lleno de fechas recordables. Por la patria.
Es mejor tener el poema hablado en la boca de cada protagonista y en la boca
de cada testigo y dejar que cada quiebre se destroce en palabras que no pueden
redimir, pero sí pueden hacer volar los sesos una y otra vez que se pueda leer la caída de los edificios o ese golpe en la espalda curvada de tantas faltas inventadas por las pobres imaginaciones despertadas en el alcohol y la sangre del propio inculpador. Sin embargo, nacemos cada día,
y hay que repetirlo, cada día que no es palabra sino la posibilidad cierta
de estar las próximas horas bajo este sol o ser cada una de las células
de cada uno de los muertos que son exactamente más muertos que la palabra que
podemos disculpar en la escritura neutra de la letra que sirve para
escribirlo todo. QEPD.


Carlos Cociña, Aguas servidas 1973-1980

mercredi, février 27, 2013

samedi, janvier 21, 2012

Gonzalo Muñoz

fotografias secuenciales en sepia
                                       "2 monjas de carnes abundantes,
                                        maduras, limpias, desnudas se
                                        hacen el amor, se dicen al oido..."


                                    - te deshaces, te rehaces, te vuelves loca -

del libro EXIT, 1981.

lundi, décembre 05, 2011

Cierta gente



Gente que ha caído en una profunda depresión
se perdieron como cuadros revolucionarios
al interior de sus mundos / ríos espesos y negros
duermen / duermen y no quieren despertar
o al revés sufren insomnios agudos/
abren sus archivos personales cada noche
el padre / la madre / el auto botado en la calle/
un camino lleno de bares/
un Gobierno posmodernista.

Eh, cómo seguir en esta pieza/
oyendo martillazos/
llantos / mares de noche.

ex-poeta José Angel Cuevas, Poesia de la comision liquidadora
 

mercredi, octobre 18, 2006

Gonzalo Millan

Ayer murió Gonzalo Millán. Es decir, para mí murió ayer, a pesar de que crónicas, postales y dedicatorias panegíricas ya han fijado su desaparición de este mundo el día 14 de octubre. Pero para mí murió ayer. Leí la noticia por internet.
Decir qué es lo que hacia él, sería absurdo y caer en lugares comunes. Simplemente era Millán y muchas cosas más, o personas, pongámosle.
Lamento su desaparición, pues como ya escribí antes, en otro pedazo de pantalla virtual, de los verdaderos quedan pocos. Ahora que abunda la poesía pueril, demasiado brillante y marginal y brillante y ombliguística y risueña y salamera y cautivada por un cierto lumperismo que da arcadas, resulta que Millán partió. Su signo ahora ya no es el de alguien vivo. Su signo ha cambiado. Yo estoy vivo. A Millán sólo lo conocí a fuerza de encuentros, cada vez sorprendiéndome más por su fuerza viva y generosa, por su capacidad de reir con cualquier anécdota o chiste que otros considerarían una impertinencia y nada más. A Millán lo conocí en la Quinta (a)Normal, en un taller SOBRE poesía que él dictaba. Gratas mañanas de sabados (¿o domingueras?... solo sé que incluso con caña nunca dejé de asistir) para escucharle hablar de poemas y poetas. Nos encerrábamos unas diez personas en el primer piso de una casona, cercada por una red de hojas y ramas que de vez en cuando se balanceaban como diciendo « sí, gonzalo, a veces, sólo a veces ».

Abajo, nos esperaba ese invernadero en agonía, en el cual alguna vez floreció por primera vez en el país una Victoria Regia (dato de un libro de R. Merino). Más de una vez nos quedamos, terminado el curso, conversando sobre las posibilidades que las calles cercanas a la Quinta poseían para ser escritas en prosa y verso.
Terminado ese cursillo, solo nos encontraríamos en contadas ocasiones y la mayoría de las veces, debo confesarlo, en lugares menos luminosos, como la sala de referencias críticas de la Biblioteca Nacional. Lugares para aburrirse un rato. Por ese entonces, yo no creía que él podría reconocerme. Yo, la mayoría de las veces que lo veía, nunca tuve el valor para acercarme a saludarlo. Me quedaba viéndolo, como a un fiero bucanero que despejaba ideas y definía el rumbo a seguir, entre tanto joven poeta o protoeditor intentando aproximársele, venderse o lanzarle algunas « genialidades » para sentir su reconocimiento.
Su parada, su chaleco viejo, su respirar fuerte, evidanciaban una paciencia envidiable. A veces parecía un faro que deslumbraba a su alrededor y dejaba en sombras el puerto, desde el cual algunos le hacíamos señas.
Sucedió que una noche, en un espectáculo (el término le va de perillas) me encontré con Millán. Él leería sus textos esa noche. Gracias a la generosidad de un espíritu hermano que me obsequiaba vasos gratis, no me despegué de la barra y preferí aguantar ese ambiente de glamour alternativo en el que se suelen encontrar algunos destacados de la farándula. Fingida circunstancia en el que esperan poder expresar molestia si alguien se les acerca para pedirles autógrafos « sí soy yo, pero ya terminamos de filmar... eh no, claro, lo conozco, pero ahora estamos en otra cosa ».

Entonces se acercó al escenario quien me había iniciado en la lectura de Les Villes Tentaculaires. Millán leía. Atrás de mí, un grupito seguía su juerga vociferando, ladrando como hienas histéricas.  Millán leía. Gritos y risas. Algo leía Millán, pero qué…no pude saberlo. Intenté acercarme, pero una chica fotografiaba delante mío y la barra se redujo a un muelle desde el cual veía al poeta guiar su barco tan lejos que no sabía si iba o venía. De pronto vi que su boca se cerró. « ¿Ya terminó? Dijo alguien. Falsa postura. Millán se quedó en el lugar, subió la vista como diciendo « ¡hasta cuándo chucha ! » y antes de bajarla otra vez a sus papeles me miró, un guiño, una leve sonrisa. Torpeza mía al responder levantando el vaso. No me quedaba nada en él. Entonces volvió a sonreír y a leer más fuerte.