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mercredi, juin 26, 2013

Noche esquiva (fragmento 2)

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Al fondo podía ver como pasaban las pocas personas que transitaban por la calle y me parecía que nadie, salvo nosotros, tenia tanta conciencia de la libertad y alegría que nos ofrecían las horas antes de terminar el fin de semana. Recuerdo que los paseantes nunca iban acompañados, sino solos, en silencio. Y que cada uno de ellos cojeaba. Se lo dije a Julián “¿No ves que los que pasan afuera, parece que cojean?”. Él levanto la vista del libro y como en ese momento no pasaba nadie, nos quedamos un rato mirando en dirección de la reja de entrada. Pero la calle se mantuvo silenciosa y solo a lo lejos oímos el sonido de un auto moverse en las cercanías. Entonces Julián dijo algo como “la gente es invisible” o quizás fue “la gente es imbécil” y continuó con la lectura de Rilke. El libro se movió, una pagina dio vuelta. Más palabras sucedían a las anteriores y Julián repetía las palabras, las líneas salían de su boca, Rilke bajó de un árbol y meó escondido en la sombra, sin saber que en la calle no había nadie realmente que pudiese verlo.
Mientras volvíamos a su casa, me dijo que por la noche había una fiesta. Lo mejor que podíamos hacer era quedarnos en su pieza, comer algo, escuchar música y esperar hasta la hora de salir otra vez.
La caminata de retorno nos ofreció una trayectoria entre autos estacionados que nos devolvían nuestros reflejos, curvados, desproporcionados. Colores opacos murmurando en metales fríos.
Ya era de noche y dudábamos si ir a la fiesta o no. Ver a Camila y a su polola condimentaba nuestra conversación. Su lesbianismo era solo cuestión de meses. Quizás cuánto tiempo más lo mantuvo en secreto. Julián había tenido una breve historia con ella. Se habían ido a la playa solos. Volvieron a Santiago por separado. Julián un día antes. El teléfono sonó, su voz sonaba como siempre, alegre, rápida para contar chistes. Solo me dijo que se había aburrido y que decidió volver. Me contó que habían abierto una casa desocupada enorme, que habían conocido a un grupo de punks en la playa y que Camila los había invitado a dormir con ellos. Pero que él no se sentía seguro y me dijo que no le sorprendería que a Camila la detuvieran por escandalosa. La amistad siguió y Camila no volvió a tener historias con nadie de nuestro grupo de amigos.
Cuando ella nos contó que era lesbiana, el respeto general se impuso sin decir nada. Pensé que en cierta forma era su manera de alejarse de nuestras pretensiones de sexo con ella. Porque además de Julián, todos los del grupo habíamos intentado terminar con ella en la cama. Cada uno de nosotros tuvo alguna anécdota de macho en celo con ella. Pero Camila conocía la vida dura y sabía enfriarnos con inteligencia : una caminata por el cerro cerca de su casa, el sonido de la ciudad a lo lejos, siempre acompañado de una bolsa plástica enredada entre los arbustos, llamar a los demás, ir a comer al supermercado sin pagar, bolsas plásticas con botellas dentro, olor a neumático quemado en una esquina donde nos escondíamos a fumar, la ciudad nos recibía como hijos pródigos y Camila se aseguraba de no perdernos en ella, de mantener al grupo junto. Se lo había dicho a sus padres una semana antes que a nosotros. Julián se reía y acariciaba la pierna de Camila mientras ella nos hablaba sentada en una banca de una plaza. Una especie de trance iniciático la hacia hablar sin parar. No recuerdo que nadie de los que ahí estábamos bebiera de la botella que habíamos abierto mientras ella contaba su historia. Me gustaba su voz gastada, como proveniente de una radio mal sintonizada en su garganta, y la forma en que abría sus ojos cuando quería destacar algún detalle en lo que decía. Ella nos contaba todo, cómo había descubierto su atracción por las mujeres, su primera experiencia con su polola mientras sus padres estaban matándose en la pieza de al lado, el pelo revuelto, los pelos del sexo, el sexo a un ritmo diferente, más excitante.
Nunca había ido a su casa. Nunca había puesto los pies en su casa. Conocía el barrio, pero sin necesidad de ir hasta la puerta de donde vivía ella. Julián me dijo que nos esperaba un par de horas o más caminando.  La yerba nos había cortado la fuerza inicial. Los brazos caían sin utilidad. Sentados, con la boca llena y las manos rojas de kétchup. De frente al televisor, observar los colores y sentir las palpitaciones diversas del sonido, pequeñas variaciones apenas perceptibles, esa trampa al volver del entusiasmo de la yerba. Aletargamiento. El televisor encendido nos tenía atrapados, nuestros cuerpos pesados con el pan rancio se prestaban bien al juego. El programa de música duraba toda la noche, una piscina en ruinas al otro lado de la ventana, yerba, en fin, lo teníamos todo para petrificarnos ahí. De pronto caímos en la cuenta que un pequeño detalle se nos había escapado. No nos quedaba más cerveza

samedi, mars 24, 2012

Escrito en Canarias

El verano había desaparecido con sus dos grados de diferencia. Para el joven del windsurf que paralelo seguía el roquerío y el horizonte, eran dos razones menos o algo así como una excusa para no seguir en el mar. El negro que lo observaba desde el paseo marítimo donde vendía sus artesanías resentía el frio imaginándose lo imposible: volar sobre una tabla con una vela para escribir sobre las olas o pinchar el aire salino. Las terrazas estaban llenas de turistas nórdicos y de otros polos planetarios, pero el negro solo había vendido un collar en todo el día. El negro no comprendía el calor de ese sol ni la fidelidad que hacia él demostraban los blancos. El joven del windsurf salió con la sal impregnada en los pelos de la nariz y tosió, escupió y acomodó su melena de algas rubias en una cola de caballo. Las terrazas se agitaban más que el mar, una agitación lenta pero bulliciosa, llenas de turistas, pero el negro no había vendido nada más que un collar ese día. El joven saludó a algunos brazos y narices que se elevaron entre las terrazas, pero no se detuvo y continuó enceguecido por un plan que rondaba en su cabeza : volver a casa para guardar su vela y su tabla, tomar una ducha, comer eso que llaman en aquella isla una “bocata” o “bocadillo” (que no es más que un sándwich negado de su voz inglesa) y ver si aquella noche ella iría o no a la fiesta. Quizás, quizás, podría poseerla en algún cuarto de un amigo; se lo había advertido indirectamente ayer cuando se conocieron en la playa : él no perdía el tiempo con niñitas de su mamá. El negro recogió velas, lo que es una forma de decir que guardó sus artesanías en una bolsa plástica de supermercado y caminó hacia la arena de la playa. Sentado esperó unos minutos mirando las gaviotas, los barcos, imaginó los pasajeros mirando a la playa donde estaba él de espalda a las terrazas. Una mujer, que es su mujer, llegó y ayudada por la mano del negro se sentó a su lado. Algo le dijo su esposo que provocó la risa de ambos. Rieron discretamente y las terrazas no se enteraron de aquella broma. El negro dijo algo relativo al collar que había vendido y a un joven que había pasado todo el día sobre su windsurf. Su mujer sacó unas bolsas y de ellas, unos trozos de pescado que ambos comieron en silencio. El negro le repitió que aquella isla era para ellos, que él la haría su reina y que ahí nadie los amenazaría por vender solo un collar en todo el día y ser pobres. La mujer le creyó a su negro, como le creyó cuando él la trajo desde el otro lado del horizonte de las Islas Canarias. El hombre le preguntó por su hija. La negra dijo que saldría con unos amigos aquella noche.


(este cuento lo encontré entre unas paginas de un viejo cuaderno; lo habia olvidado completamente y fue escrito mientras cumplia con una beca en las Palmas de Gran Canarias por el año 2000)

jeudi, novembre 06, 2008

cha-cha-chaaaa!



Invasión

Estos versos mal hechos
Lloran incomprensión
Y odio los llantos.
NADIE LEE al menos
Un desquicio lejano
Y un desorden de caricias
Recorre mis manos rayadas con el alba.

Me siento la muerte misma
Como si ella nunca hubiese existido ajena
A la huella del insomnio
Mientras se espera la nave de algún marciano
O lo que sea digno de ser llamado INVASION
A todo este espacio analfabeto.

No llegaré a mis amigos
Más que una vez
Sin público, sin arte ni parte,
Solo, absurdamente
Hay poesía.


version française:

Invasion

Ces vers mal foutus
Pleurent l’incompréhension
Et je hais les sanglots.
PERSONNE NE LIT au moins.
Un dérangement lointain
Et un désordre d’effleurements
Parcourent mes mains raturées par l’aube.

Je me crois la mort
Comme si elle n’avait jamais existé étrangère
A l’empreinte de l’insomnie
Dans l’attente d’un vaisseau martien
Ou de tout autre chose digne du nom INVASION
De tout cet espace analphabète.

Je frapperai chez mes amis
Uniquement une fois
Sans public, sans m’en soucier
Seul, absurdement
Il y a la poésie.