lundi, octobre 30, 2006

Agua en los zapatos

Migrantes, N. Folch

El agua se mete dentro de mis zapatos, quién sabe por dónde y la lluvia alcanza los dedos de mis pies. Entre las gotas, el canto de un magrebí sale de un departamento evocando el Sahara. En todo caso más cercano que el de Atacama. Comienzo a pensar en eso que con obstinación llamamos « mi país »; en mis amigos que intentan apaciguar el calor del verano que rueda abajo por ese lado de la cordillera. Caminan por las veredas más sombrías como hacemos todos en las ciudades. En Santiago los edificios más altos dejan una ruina oscura, como una postal de Fritz Lang musicalizada por David Lang (Lang al cuadrado o Lang2).
Me felicito. No tengo mucha resistencia a los veranos y en este lado del planeta para extranjeros, el invierno es una corriente helada que mantiene alerta. Mis ganas de lluvia las saco del bolsillo y pienso dilapidarlas por las calles.

Los cuervos son raros para un sudamericano. Ellos agujerean el pasto de los parques buscando gusanos.
Unas jóvenes veinteañeras pasan corriendo en dirección contraria. Sus ojos, el acento de sus risueños comentarios las delata ; son asiáticas, de Laos o de Vietnam posiblemente. Muchos vietnamitas del sur llegaron sin nada a Francia. Nos reconocemos a la deriva. Seguramente, yo dando manotazos en las corrientes europeas y ellas nadando con estilo. Este barrio, en las afueras de la ciudad, es el lugar preciso para buscar a cuantas personas desaparecidas hay afichados en los puestos de aduanas. Aquí, sobrevivir se asemeja a la trama de una película policial. Policiales de las viejas, con buenos guiones, en las que hasta el muerto que se intenta vengar no es enteramente inocente.
A esto añado un punto aparte. Establezco aquí que este sistema económico es superior en algo a otros sistemas: se lleva muy bien con la necedad y la brutalidad humana. Un ejemplo : Mi amigo apodado “Che”, ladrón internacional, de gran capacidad camaleonística. Luego de pasearse por los países más ricos del mundo, de conocer en su fugaz carrera a grandes familias de empresarios a los que robó, posee hoy un capital “fantasma” en la bolsa de New York con el cual sube acciones de un conglomerado, vende y desaparece con un jugoso botín. Hasta aquí el punto aparte.
El agua en mis pies ya es menos agradable con el ir y venir de mis calcetines en los zapatos. Decido tomar dirección a mi pieza. Entre estos edificios, especies de gallineros a gran escala construidos por el estado, la lluvia no huele a cáscaras de cielo, sino a rocas, a botes hundidos, a cuerpos ahogados en las costas de Europa ¿Qué atrajo estos olores a estos países? No lo sé, pero si sé qué los detiene aquí. Son motivos tan ordinarios como el de tener una vivienda hecha de material sólido y no en plástico, ni cartón. O es poder cruzar la calle sin tener que pagar al policía para evitar problemas o el hecho de poder expresarse sin temor: “la vida es una mierda…..Hitler debió habernos volado a todos con un gran BOUM ! le escuché decir ayer a una anciana polaca en el supermercado. Nadie pestañó.
Somos muchos los nómades que transitamos por Europa. La mayoría comemos nuestros sueños con el servicio de sobreviviencia, esperando algun día poder ir al baño y gritar « tierra a la vista » en lugar de « mierda a la vista ».

No te confundas en el empleo del plural, lector, estoy donde quiero estar. Pero nunca digo que la lluvia no me mojará. No, yo salgo a empaparme de ella, la asumo como un invitado a mirar al otro lado del muro que no olvida a los que se quedan afuera, a quienes han corrido el riesgo de querer entrar a locales donde el fenotipo alerta a unos tipos con audífonos. No pueden entrar a bailar, aunque suene « Celia Cruz » en la pista de baile. En los adífonos se escucha una advertencia: Cuidado, ellos traen agua en sus zapatos.

Migrantes, N. Folch

 

vendredi, octobre 27, 2006

LA CERILLA DEL LAPIZ

Tomé un lápiz prestado de un compañero de trabajo y sentí algo viscoso en la punta de la tapa, a lo mejor era suciedad de algo, la gente acostumbra a sacar los restos de las cosas con los objetos inertes y con punta. Era de color cafecito claro y estaba fresco el asunto... Dejé de utilizarlo y se lo devolví, amablemente le agradecí y le dije que había encontrado el mío. Volví a mi asiento y di gracias a al cielo (estoy en un piso 23)que no tengo la costumbre de echarme el lápiz a la boca.
Miré mis lápices y creo que él había utilizado algunos, no reconocí ninguna de mis cremas biológicas en ellos, ya que generalmente utilizo papel higiénico o pañuelos desechables... pero habían dos lápices misteriosos que incluso tenían olor a algo. Quizás un rasquido para no ensuciarse los dedos, quizás que mierda pasó, porque si hedía!!... Derecho a la librería a comprar un lápiz verde y a lavarme las manos, porque mis dedos también hedían... ¿Habrá sido el lápiz? No lo recuerdo... Quizás un rasquidillo inconsciente.

mercredi, octobre 18, 2006

Gonzalo Millan

Ayer murió Gonzalo Millán. Es decir, para mí murió ayer, a pesar de que crónicas, postales y dedicatorias panegíricas ya han fijado su desaparición de este mundo el día 14 de octubre. Pero para mí murió ayer. Leí la noticia por internet.
Decir qué es lo que hacia él, sería absurdo y caer en lugares comunes. Simplemente era Millán y muchas cosas más, o personas, pongámosle.
Lamento su desaparición, pues como ya escribí antes, en otro pedazo de pantalla virtual, de los verdaderos quedan pocos. Ahora que abunda la poesía pueril, demasiado brillante y marginal y brillante y ombliguística y risueña y salamera y cautivada por un cierto lumperismo que da arcadas, resulta que Millán partió. Su signo ahora ya no es el de alguien vivo. Su signo ha cambiado. Yo estoy vivo. A Millán sólo lo conocí a fuerza de encuentros, cada vez sorprendiéndome más por su fuerza viva y generosa, por su capacidad de reir con cualquier anécdota o chiste que otros considerarían una impertinencia y nada más. A Millán lo conocí en la Quinta (a)Normal, en un taller SOBRE poesía que él dictaba. Gratas mañanas de sabados (¿o domingueras?... solo sé que incluso con caña nunca dejé de asistir) para escucharle hablar de poemas y poetas. Nos encerrábamos unas diez personas en el primer piso de una casona, cercada por una red de hojas y ramas que de vez en cuando se balanceaban como diciendo « sí, gonzalo, a veces, sólo a veces ».

Abajo, nos esperaba ese invernadero en agonía, en el cual alguna vez floreció por primera vez en el país una Victoria Regia (dato de un libro de R. Merino). Más de una vez nos quedamos, terminado el curso, conversando sobre las posibilidades que las calles cercanas a la Quinta poseían para ser escritas en prosa y verso.
Terminado ese cursillo, solo nos encontraríamos en contadas ocasiones y la mayoría de las veces, debo confesarlo, en lugares menos luminosos, como la sala de referencias críticas de la Biblioteca Nacional. Lugares para aburrirse un rato. Por ese entonces, yo no creía que él podría reconocerme. Yo, la mayoría de las veces que lo veía, nunca tuve el valor para acercarme a saludarlo. Me quedaba viéndolo, como a un fiero bucanero que despejaba ideas y definía el rumbo a seguir, entre tanto joven poeta o protoeditor intentando aproximársele, venderse o lanzarle algunas « genialidades » para sentir su reconocimiento.
Su parada, su chaleco viejo, su respirar fuerte, evidanciaban una paciencia envidiable. A veces parecía un faro que deslumbraba a su alrededor y dejaba en sombras el puerto, desde el cual algunos le hacíamos señas.
Sucedió que una noche, en un espectáculo (el término le va de perillas) me encontré con Millán. Él leería sus textos esa noche. Gracias a la generosidad de un espíritu hermano que me obsequiaba vasos gratis, no me despegué de la barra y preferí aguantar ese ambiente de glamour alternativo en el que se suelen encontrar algunos destacados de la farándula. Fingida circunstancia en el que esperan poder expresar molestia si alguien se les acerca para pedirles autógrafos « sí soy yo, pero ya terminamos de filmar... eh no, claro, lo conozco, pero ahora estamos en otra cosa ».

Entonces se acercó al escenario quien me había iniciado en la lectura de Les Villes Tentaculaires. Millán leía. Atrás de mí, un grupito seguía su juerga vociferando, ladrando como hienas histéricas.  Millán leía. Gritos y risas. Algo leía Millán, pero qué…no pude saberlo. Intenté acercarme, pero una chica fotografiaba delante mío y la barra se redujo a un muelle desde el cual veía al poeta guiar su barco tan lejos que no sabía si iba o venía. De pronto vi que su boca se cerró. « ¿Ya terminó? Dijo alguien. Falsa postura. Millán se quedó en el lugar, subió la vista como diciendo « ¡hasta cuándo chucha ! » y antes de bajarla otra vez a sus papeles me miró, un guiño, una leve sonrisa. Torpeza mía al responder levantando el vaso. No me quedaba nada en él. Entonces volvió a sonreír y a leer más fuerte.

mardi, octobre 17, 2006

VERSOS DEL DIABLO

El mundo oscuro y del rencor, ya no ilumina mi camino... Perdido en medio de una lóbrega noche escuchando las voces de los que murieron esperando ser amados Las imágenes se tornan púrpuras y mancharon mis visiones de sangre y malos recuerdos. Incapaz de amar te marchaste y sólo quedó un sabor a náusea, aquella que queda cuando hubo daño irreparable en el corazón.
Ahora cuando llamo a la muerte en mis pensamientos y pierdo la fuerza para seguir de pie, te maldigo por toda esta locura que envuelve mi presente... Intenté levantarme, pero el péndulo corto el hilo que me ataba a esta vida.
¿Que queda más allá de un soplo de cariño que esperaba? Nada.
En esta última hora de mis sentimientos, sólo queda odio en mis palpitaciones, sólo queda un puño cerrado y un nudo en la garganta con todas las palabras que nunca fueron dichas.
(Sólo un recuerdo que apareció en un mal sueño)